

La historia de las Hijas de Santa Ana tiene sus raíces en la vida de una mujer que supo transformar las experiencias de dolor, servicio y fe en una profunda respuesta al llamado de Dios: Ana Rosa Gattorno, cuyo nombre civil era Rosa María Benedetta.Nació en Génova, Italia, el 14 de octubre de 1831, y fue bautizada ese mismo día en la parroquia de San Donato. Creció en una familia de profunda formación cristiana, donde recibió los primeros fundamentos de su vida de fe.
A los 21 años contrajo matrimonio con Jerónimo Custo y se trasladó a Marsella. Allí comenzó su vida familiar, pero pronto tuvo que afrontar importantes dificultades económicas y dolorosas experiencias familiares.La enfermedad de su hija Carlota, que quedó sordomuda, la muerte de su esposo después de pocos años de matrimonio y, posteriormente, la pérdida de su último hijo, marcaron profundamente su vida.Sin embargo, aquellas experiencias no fueron para Rosa un motivo para alejarse de Dios. Al contrario, se convirtieron en un camino de transformación interior. En medio del sufrimiento descubrió una nueva manera de comprender su existencia: confiar en Dios, entregarse a Él y ponerse al servicio de quienes más necesitaban amor y ayuda.
Después de quedar viuda, Rosa se dedicó con mayor intensidad a la oración y a las obras de caridad. Su vida comenzó a adquirir un nuevo sentido y experimentó lo que ella misma reconocería como una profunda “conversión”, entendida como una entrega total al Señor.Su encuentro con Cristo, especialmente contemplado en la Cruz, fue fundamental en su camino espiritual. Desde allí nació una misión que no estaría centrada únicamente en ella, sino en servir, acompañar, cuidar y llevar esperanza a los demás.Su espiritualidad estuvo profundamente vinculada a Santa Ana, Madre de María, a quien llegó a reconocer como modelo y protectora de la nueva familia religiosa que estaba llamada a fundar. La espiritualidad de Santa Ana ocupó así un lugar especial en la identidad del Instituto.
El nacimiento de las Hijas de Santa Ana
El 8 de diciembre de 1866, en Piacenza (Placencia), Italia, nació la nueva familia religiosa que recibiría el nombre de:
Hijas de Santa Ana, Madre de María Inmaculada
Con esta fundación comenzó una obra dedicada al servicio de los más necesitados, especialmente de los enfermos, los pobres, los niños, los jóvenes y las personas que se encontraban en situaciones de abandono. Con el tiempo, la misión se extendió a través de numerosas obras de asistencia, evangelización y educación.
Madre Rosa vistió el hábito religioso el 26 de julio de 1867 y, posteriormente, realizó su profesión religiosa junto a otras hermanas. Su vida quedó definitivamente vinculada a una misión que crecería mucho más allá de las fronteras de Italia.
Una misión que llegó al Cusco
El espíritu misionero de Madre Rosa también alcanzó tierras americanas.
Las Hijas de Santa Ana llegaron al Cusco el 27 de noviembre de 1887, cumpliendo así uno de los anhelos de su fundadora. Su primera labor estuvo vinculada al servicio de los enfermos, una obra especialmente querida por Madre Rosa. Posteriormente, su misión se extendió también al campo educativo.
En 1893 se inauguró una escuela que, con el paso de los años, daría lugar al actual Colegio Santa Ana, cuya historia educativa se consolidó posteriormente en el Cusco.
Un legado que continúa
La vida de la Beata Ana Rosa Gattorno sigue siendo una fuente de inspiración para la familia Santa Ana. Su historia nos habla de una mujer que conoció la alegría de formar una familia, experimentó profundamente el dolor, vivió la viudez y finalmente respondió al llamado de Dios como religiosa y fundadora. En cada etapa de su vida descubrió una oportunidad para amar y servir. Su legado nos invita a mirar la educación no solamente como transmisión de conocimientos, sino como una misión que busca formar personas capaces de amar, servir, vivir con fe y comprometerse con los demás. Por ello, la presencia de las Hijas de Santa Ana en el Cusco y la misión educativa del C.E.P. Santa Ana continúan siendo parte de una historia iniciada hace más de un siglo, una historia que nació de la fe de una mujer y que sigue buscando responder, desde la educación y el servicio, a las necesidades de cada nueva generación.
“Una vida entregada a Dios, un corazón al servicio de los demás y una misión que continúa formando generaciones.”